Tuesday, October 10, 2006

Episodio de la vida de un Naturista

Episodio de la vida de un Naturista
El profesor Conrado Narváez Zuluaga
Revoluciono al Quindío
Durante tres años de permanencia en esa región
.
Por allá en el año de 1942 hizo su aparición en Armenia del Quindío un hombre que, sin ostentar los bien caligrafiados diplomas que expiden las universidades colombianas, sin preocuparse por su vinculación a los llamados "altos círculos sociales" y en cambio se codeaba con las gentes hu­mildes y sencillas, presentaba certificados de éstas en los cuales testimoniaban su agradecimiento a dicho personaje por haberles prolongado su existencia, liberándolas de crueles sufrimientos y devolviéndoles la confianza en “la vida".

Ese hombre era el Profesor Conrado Narváez Zuluaga, quien después de haber actuado en otras ciudades del país se sintió atraído por los bellos paisajes del Quindío, la amabilidad y confianza de sus gentes, y además observó que Armenia constituía un magnífico campo de acción, pues inmediatamente acudieron a él personas que padecían agudas y antiguas dolencias de diverso orden y muchas de ellas habían sido desahuciadas por los médicos de esa y otras ciudades del país.

Caracterizaban a dicho Profesor su sencillez, el trato amable para quienes acudían en busca de sus servicios, su espíritu humanitario y su desmedido afán de ayudar a las gentes que, víctimas de enfermedades y taras que consideraban eternas, lo buscaban afanosamente. Muchas venían de lugares distantes, pues la fama del Naturista había trascendido hasta las mismas esferas profesionales, consideradas siempre como una especie de tabú, impermeables a los métodos que Narváez Zuluaga ponía en práctica, en contraste con los notables avances de la ciencia médica que justamente en esa época sufría una verdadera transformación.

Sí. En esa época la prensa mundial se ocupaba de las maravillosas drogas que los científicos habían descubierto y se consideraban las panaceas que todo el mundo esperaba. La penicilina, la estreptomicina, el aralén, la benzedrina y muchas otras, cuya adquisición era difícil porque la escasa producción apenas sí alcanzaba para enviarla a los campos de batalla en donde se desarrollaba la espantosa segunda guerra mundial, constituían la única esperanza para miles de pacientes que sufrían graves enfermedades. Quien esto escribe sirvió de intermediario entre un paciente amigo, que sufría una grave enfermedad, y la señora esposa del Presidente Roosevelt, de los Esta­dos Unidos, para que mediante su valiosa influencia se lograra obtener una dosis de penicilina, solicitud que fue atendida con prontitud y así se logró curar la osteomielitis que le había paralizado una pierna. Pero no to­dos los enfermos podían acudir a la dama benefactora, porque entre otras cosas la droga no se conseguía en los mercados del gran país del Norte, ya que la producción, incipiente, estaba destinada a los soldados que libraban feroces batallas en Europa.

El Profesor Narváez Zuluaga llegó, pues, a "La Ciudad Milagro" en una época en que se operaba un gran cambio en la farmacología y también en la profesión médica. La piperina que los farmaceutas habían impuesto para reemplazar al conocido y eficiente "paico" en la expulsión de parásitos del cuerpo humano, se vio desplazada por otros productos que causaban admiración entre las gentes. Los médicos, por su parte, se dedicaban a "la especialización", es decir, que ya no se ocuparían de tratar todas las enfermedades sino de una determinada; unos se especializaban en oftalmología, otros en laringología, muchos en urología, gastroenterología, etc. y sólo faltaba que quien se especializaba en el tratamiento de determinado órgano del cuerpo humano, por ejemplo, la nariz, se ocupara únicamente en la ventana del lado derecho, o del izquierdo, a fin de que otro profesional tratara la contraria. Con esto se establecía una especie de "cadena de la prosperidad" merced a la cual un paciente tenía que recorrer varios consultorios y desde luego hacer más erogaciones para obtener su curación.

Se había iniciado la era de los antibióticos y con ella la desintegración del átomo. La antigua botica saturada de frascos amarillos o blancos con rótulos grandes empezaba a transformarse en el establecimiento de vistoso colorido gracias a los nuevos productos que con raros y numerosos nombres lanzaban esas "fábricas de dinero" conocidas con el nombre de laboratorios farmacéuticos, con el fin de que las gentes azotadas por las enfermedades pagaran precios exorbitantes si deseaban aliviarse. Pero había personas cuyas dolencias superaban la acción de las nuevas drogas y también de la cirugía. Entre ellas había muchas desahuciadas por los médicos; inclusive muchas que viajaron a los Estados Unidos y otros países con fin de someterse a tratamientos que consideraban decisivos, habían recibido ya la "sentencia de muerte"; se les había notificado un término de tres, cuatro o seis meses "para volver a la tierra de donde habían salido" porque todos los esfuerzos realizadas para curarlas habían sido infructuosos.

Entre esas personas figuraba una niñas Libia De la Pava Peláez, víctima de grave y desconocida dolencia a quien el médico de la familia había sometido a varios tratamientos e intervenciones quirúrgicas. Y ante el fracaso de todo ello sus padres recurrieron a otros médicos quienes en numerosas "juntas" diagnosticaban éstos y aquello con resultados negativos. Finalmente, fracasado el último tratamiento aconsejado por uno de tales galenos, le fijaron diez; días de vida es decir, la condenaron a muerte sin fórmula de juicio. Es de suponer el impacto causado por esta notificación entra sus padres. Ya se pensaba, no en el ser viviente, alegría y esperanza de la familia, ilusión del hogar, sino en el cadáver, en la materia que al cabo de pocos días sería "el festín de los gusanos". (Más sobre el caso de la señorita Libia de la Pava en la Bitácora con el titulo “Diario del Pacifico octubre 29 de 1946” del mes de junio 2006 en archivos )

Entonces "vino el hada protectora" al hogar de los esposos De la Pava -Peláez. Alguien les aconsejó' que acudieran al Profesor Narváez Zuluaga, quien según decían las gentes, estaba realizando "milagros" con enfermos desahuciados por los médicos. Ya los periódicos locales se ocupaban de las actividades de dicho profesor, publicaban cartas de pacientes agradecidos por las curaciones hechas por el y hasta un significativo soneto del poeta Bernardo Palacio Mejía fue dado a conocer en un semanario que tuvo profusa circulación. Era Narváez Zuluaga, en este caso, la única esperanza, "la tabla de salvación" de Libia, la última carta que jugaban los padres de la niña "condenada a muerte". Y el profesor fue llamado a poner en práctica su sistema naturista que lo había hecho famoso en Armenia y otros lugares del país. La tarea no era fácil; por el contrario, peligrosa. El organismo de Libia estaba casi destrozado por las innumerables drogas que había ingerido y debilitado en extremo a causa de las intervenciones quirúrgicas a que fue sometida. El profesor naturista en principio sintió recelos, no porque desconfiara de la bondad y eficacia de su tratamiento que no sólo produce efectos en determinado órgano del cuerpo humano sino en todo el organismo puesto que ataca todos los males que lo afectan; la causa residía en las circunstancias que rodeaban el caso: la creencia en los médicos, en las drogas y en las intervenciones quirúrgicas por parte de varios familiares de la niña; la campaña que contra él realizaban varios profesionales en diferentes medios de publicidad; el reto que les lanzaba; las pocas probabilidades de éxito debido a los numerosos ensayos realizados por los profesionales en un organismo saturado de substancias tóxicas, y su natural modestia que lo reducía a ocuparse únicamente de aquellas personas que tenían fe en su sistema, generalmente personas humildes y por añadidura alérgicas a las campañas de profesionales y fabricantes de productos farmacéuticos.

Advirtiendo a los padres de la niña que el tratamiento sería dispendioso y que debería seguirse estrictamente según sus instrucciones; que habría reacciones lógicas que la paciente tendría que soportar con paciencia pero con fe, puesto que se trataba de un cambio fundamental entre los tratamien­tos a que había sido sometida y el que iba a iniciarse, Narváez Zuluaga inició su labor. Los diez días señalados por los médicos como última meta en la existencia de Libia transcurrieron en medio de la mayor expectativa y las reacciones producidas por el nuevo tratamiento. A esos diez días siguieron otros y luego los meses. La niña mejoraba notablemente, lo agudos dolores que sentía iban desapareciendo con lentitud y una faz risueña se observaba en lo que antes era solamente el aspecto de un cadáver. La recuperación de su salud, lenta pero segura, no se hizo esperar mucho tiempo. Entre sus familiares y amigos se comentaba con admiración el proceso, pues el caso era suficientemente conocido en Armenia.

En esa época circulaban en Armenia varios periódicos, entre ellos "Satanás" de índole satírica e informativa, dirigido por quien esto escribe; "El Vampiro", humorístico, dirigido por Samuel Medina Cardona; "El Centauro" dirigido por el malogrado periodista Roberto Caro Escobar, decano de los periódicos de esa ciudad, de orientación literaria y crítica, y otros semanarios. En las radiodifusoras se transmitían algunos radioperiódicos, entre ellos "Occidente" (informativo) que dirigía Francisco Luis Gallo; "Radió gaceta" (informativo y político) dirigido por Rodolfo Castro Torrijos, y "Sucesos Mundiales", crítico e informativo cuyo director era Gerardo Toledo Villa. Todos estos órganos periodísticos se ocuparon del caso de la niña curada por Narváez Zuluaga, pero especialmente "Sucesos Mundiales" afrontó la campaña con más decisión y ardentía. Este noticiero se transmitía por la Emisora "Pregones del Quindío", cuyo gerente, el Sr. José Palacio, fue presionado por varios médicos para que suspendiera su transmisión. En este empeño se destacó especialmente el médico Ricardo Aristizábal, Director Municipal de Higiene, contra el cual "Satanás" había enfilado sus baterías por su ineptitud y desaciertos. Y bajo la amenaza de clausurar la emisora por parte del Ministerio de Comunicaciones, en virtud de la presión de los médicos, el Radioperiódico fue suspendido Entonces Toledo Villa resolvió publicar un semanario impreso en el cual continuó la campaña en favor de Narváez Zuluaga y en contra de los profesionales que lo perseguían.

La suspensión del radioperiódico causó gran revuelo en Armenia. Los demás medios informativos se sumaron a la campaña contra el Director de Higiene y días después dicho funcionario fue obligado a abandonar el cargo. Mientras tanto, la persecución contra Narváez Zuluaga arreció notablemente. Se le perseguía como a un criminal y hasta se le obligó a permanecer oculto por unos días para librarse de una detención que cierto funcionario decretó en virtud de las intrigas de los profesionales que no podían tolerar que la niña Libia De la Pava Peláez se hubiera librado de las garras de la muerte y hubiera violado la orden de morir en el curso de los diez días que le habían pronosticado los médicos.

Contra el director de "Satanás" se ensayaron otras represalias. Inclusive uno de los médicos de Armenia intentó en dos ocasiones arrollarlo con su lujoso automóvil. La situación del periodista se tornó crítica y en virtud de esas represalias el periódico publicó un editorial titulado "Mézclese y Rotúlese", en el cual, además de expresar algunos conceptos fuertes contra sus perseguidores, decía: "Maliciosamente, porque de otra manera no se puede interpretar, algunas gentes han tergiversado el verdadero sentido de la campaña que este periódico ha venido realizando contra algunos profesionales de esta ciudad, no sin pruebas, que sí tenemos para en caso dado divulgarlas, haciendo creer que estamos atacando al cuerpo medico sin causa justificada".

"No era nuestro propósito referirnos nuevamente a ese tema y menos a los ataques que se nos han hecho, en primer lugar porque sabemos que nuestros enemigos desconocen ciertos detalles que para nosotros y para mucha gente no son un misterio; y en segundo lugar, porque SATANÁS se defiende sólo, pues el hecho de que el comercio lo prefiera para anunciar y el público lo espere y lo reclame los días sábados, nos relevan de entrar en mayores consideraciones".

"En algunos sectores de la opinión pública de Armenia viene predominando una errónea creencia respecto a la misión que debe desempeñar la prensa frente a los diferentes problemas sociales y muy especialmente en lo que se refiere a la crítica a los empleados públicos y todas aquellas personas que ocupan determinadas posiciones en la vida local. Creen que estos periódicos se fundan con el exclusivo objeto de prodigar elogios, adular a los potentados y callar ante ciertas anomalías y campañas injustas que se registran a diario en la ciudad. Errónea creencia, repetimos, la de esas personas. Todo periódico que se funda, así sea él de formato grande o pequeño, diario o semanario, serio o jocoso, tiene una misión que cumplir. Unos la cumplen de rodillas ante los grandes señores y profesionales; otros fustigando con su crítica a esos mismos señores, velando por la buena marcha de la administración pública y de la vida social, corrigiendo errores, señalando faltas, defendiendo a las gentes del pueblo víctimas frecuentes de las arbitrariedades y del despotismo de los grandes. El periódico que adopta como lema la adulación, sólo merece el desprecio general; ello indica que quien lo dirige u orienta no es capaz de luchar por la vida en forma viril y digna. Y quien no ha nacido para "adulón", ni para arrastrarse por el suelo como las serpientes en espera de unas migajas que le arrojen los potentados, de hecho quedan situado al lado contrario: en el campo de combate. Y en ese campo es donde nosotros hemos templado nuestra tolda".

"De apasionados se nos tildó cuando combatíamos al médico Gómez Castrillón y sin embargo el Viernes Santo la ciudadanía le formó un mitin en el Café Colombia cuando una pobre mujer se desangraba en el andan de su consultorio solicitándole sus servicios profesionales; después se reconocía la justicia de nuestra campaña. Luego combatimos la ineptitud del doctor Aristizábal y en las altas esferas oficiales se dieron cuenta de la realidad. Después hemos criticado a médicos que sólo viven en la taberna y se pone el grito en el cielo como si esto no lo hiciéramos en bien de la sociedad. Por eso se nos insulta y se nos amenaza. Y en el caso del Profesor Narváez Zuluaga los hechos son tozudos e in desvirtúales; no se pueden ocultar con amenazas contra la libertad de expresión ni evitar que las gentes acudan a él en busca de la curación de sus males que los especialistas no han podido curar. Desgraciadamente, para los señores médicos que lo combaten, Narváez Zuluaga presenta hechos concretos, curaciones admirables mediante su sistema naturista y las gentes tienen fe en él y lo buscan, así tenga que ocultarse a veces para evitar que la desencadenada furia de los falsos discípulos de Hipócrates se ensañe injustamente contra él. Sin embargo, nosotros también tenemos quién nos respalde. Son muchas las personas que están de acuerdo con nuestras campañas. Queríamos cerrar el debate, pero si lo desean, "continúa abierta la discusión".

Quienes no conocen nuestra trayectoria en el periodismo de provincia, en donde se hace periodismo valeroso, podrán imaginarse que en la campaña en favor del Profesor Narváez Zuluaga mediaban intereses económicos que podían obligarnos a ella. Otra creencia errónea. Nunca en nuestro periódico se publicó un anuncio ordenado por él. Ni siquiera "un tinto" le llegamos a aceptar. Nos movía otro interés: servir a la comunidad, ser fieles a nuestros propósitos combativos y a la amistad que en un momento dado surgió entre él y quien esto escribe, amistad que perdura a través de los años porque ambos partimos de un punto sagrado: la sinceridad. Nos respetamos mutuamente y sobre esa base no tenemos inconveniente en hacer un recuento de una época de intensa agitación que tanto él como el suscrito nos tocó vivir en un medio no apto a la zalema y sí muy propicio a la lucha fuerte y a proclamar la verdad como norma de las gentes de trabajo y de muchas ideas.

Firma :
El Periodista
Alfredo Rosales Bogotá, Mayo 31 de 1968